AMÉRICA ¿LENGUAS CORTADAS?
La conquista y la colonización
de América latina, vieron el trono y el altar, el Estado y la Iglesia
estrechamente unidos. Ya desde el principio (con Alejandro VI), la Santa
Sede reconoció a los reyes de España y de Portugal los derechos
sobre las nuevas tierras, descubiertas y por descubrir, a cambio del <<Patronato>>:
la monarquía reconocía como una de sus tareas principales la
evangelización de los indígenas, sufragando los gastos de la
misión.
El olvido (o manipulación) de la historia implica a la
Iglesia, por su estrecho vínculo con el Estado, en la acusación
de <<genocidio cultural>>, que siempre empieza por el <<corte
de lengua>>: o sea la imposición a los más débiles
del idioma del conquistador. Nos ocuparemos de este último punto.
Arnold Toynbee, célebre estudioso no católico
y por lo tanto fuera de toda sospecha, observa que, atendiendo a su fin sincero
y desinteresado de convertir a los indígenas al Evangelio, los misioneros
(muchas veces martirizados), en lugar de pretender y esperar que los nativos
aprendieran el castellano, empezaron a estudiar las lenguas indígenas,
y lo hicieron con tanto vigor, que dieron gramática, sintaxis y transcripción
a idiomas que, en muchos casos, no habían tenido hasta entonces ni
siquiera forma escrita. En el virreinato del Perú -más importante
de Sudamérica-, en 1569, se creó una cátedra de quecha,
la <<lengua franca>> de los Andes, hablada por los Incas. Por
esa época, nadie podía ser ordenado sacerdote católico
en el virreinato si no demostraba que conocía bien el quecha. Lo mismo
pasó con otras lenguas: el náhuatl, el guaraní, el tarasco…
Esto era acorde con lo que se practicaba en el mundo entero
allá donde llegara una misión católica: es suyo el mérito
indiscutible de haber convertido innumerables y oscuros dialectos exóticos
en lenguas escritas, al contrario de lo que pasó, por ejemplo, con
la misión anglicana, dura difusora solamente del inglés. Así,
por ejemplo, el somalí, que tan solo era una lengua hablada, adquirió
forma escrita (oficial para el nuevo Estado después de la descolonización)
gracias a los franciscanos italianos.
Gregorio Salvador, profesor universitario y miembro de la Real
Academia de la Lengua ha vertido más luz sobre este asunto. Ha demostrado
que en 1569 el Consejo de Indias (una especie de ministerio español
de las colonias), solicitó al emperador una orden para la castellanización
de los indígenas, ya que tenía problemas administrativos con
miras a gobernar un territorio tan extenso fragmentado en una serie de idiomas
sin relación el uno con el otro. El emperador Felipe II -movido por
las presiones de los religiosos, contrarios a la uniformidad solicitada-
contestó textualmente: <<No parece conveniente forzarlos a abandonar
su lengua natural: sólo habrá que disponer de unos maestros
para los que quisieran aprender, voluntariamente, nuestro idioma.>>
El resultado: cuando empezó el proceso de separación de la
América española de su madre patria, sólo 3 millones
de personas en todo el continente hablaban habitualmente el castellano.
Para sorpresa del profesor Salvador, fue la Revolución
Francesa (sobre todo a través de las sectas masónicas en América
latina) la que estructuró un plan sistemático de extirpación
de los dialectos y lenguas locales, considerados incompatibles con la unidad
estatal y la uniformidad administrativa. Se impuso así una <<cultura
de Estado>>. Fueron pues los representantes de las nuevas repúblicas
-cuyos gobernantes eran casi todos hombres de las logias- los que en América
latina, inspirándose en los revolucionarios franceses, se dedicaron
a la lucha sistemática contra las lenguas de los indios: fue desmontado
el sistema de protección de los idiomas precolombinos construido por
la Iglesia, en las escuelas y en el ejército se impuso la lengua de
la Península, y aquellos que no hablaban castellano quedaron fuera
de cualquier relación civil.
La conclusión paradójica, observa irónicamente
Salvador, es ésta: el verdadero <<imperialismo cultural>>
fue practicado por la <<cultura nueva>>, que sustituyó
la de la antigua España imperial y católica. Por lo tanto,
las acusaciones actuales de <<genocidio cultural>> que apuntan
a la Iglesia hay que dirigirlas a los <<ilustrados>>.